LA PESCA DEPORTIVA EN LOS AÑOS 40

Foto de mi padre,pescando el llobarro en el talud de arena, al comienzo del dique de levante, y de mi, preparando mi caña valenciana. Año 1942
    La Torrevieja de mi infancia, hace unos 75 años, era un pueblo marinero que ofrecía un veraneo tranquilo y barato para los ya muchos visitantes de Madrid , Murcia y la Vega Baja que pasábamos el estío junto al mar
    Vienen ahora a mi mente, como gratos recuerdos de mi infancia, las imágenes de aquellas noches de verano que desde el paseo de las Rocas, veía deslizarse lentamente las luces rojas y blancas de las mamparras al salir del puerto, al tiempo que oía el tam tam tam de aquellos motores de un solo pistón, que me llegaba mezclado con el rumor de las olas al romper en las piedras de la orilla. Y también recuerdo otras sensaciones de aquellos momentos, tales como las del olor del agua y de las algas, que me traía la fresca brisa marina que acariciaba mi cara.
     Dulces recuerdos de mi niñez, formados con imágenes queridas de esa pequeña villa marinera que era la Torrevieja de antaño, que se unen al grato recuerdo de inolvidables amigos de mi infancia, en la playa, con el telón de fondo de un precioso mar, a veces adornado con las airosas velas blancas, de pailebotes o barcos a vela latina, dibujadas sobre un horizonte azul y luminoso.
    Recuerdo, como si fuera hoy, la llegada al muelle de los barcos pesqueros con sus cestos llenos de peces aún palpitantes, así como también recuerdo las plácidas tardes de pesca en la escollera, junto a mi padre, viendo los últimos rayos del sol poniente reflejados en las tranquilas aguas de la bahía, solo quebradas por el doble o triple salto de peces de plata que se bañaban en la luz del atardecer. Todo ello y otras muchas inolvidables imágenes y sensaciones íntimas y emotivas se grabaron fuertemente en mi alma y conformaron mi amor por esta tierra.
    Pese a sus riquezas naturales, la Torrevieja de la postguerra era un pueblo pobre, donde los recursos pesqueros eran mal cotizados y la explotación y exportación de sal era aún escasa. Por ello, muchos torrevejenses alquilaban sus domicilios habituales o sus segundas viviendas a gente como nosotros, procedentes sobre todo de la Vega Baja, pero también de Murcia capital e incluso de Madrid. Algunos vecinos pescadores, habilitaban como hogar, durante el verano, sus frescos almacenes, viviendo durante unos meses rodeados materialmente de redes, pequeñas embarcaciones auxiliares y pertrechos de pesca. Aun recuerdo el característico olor a brea de estos provisionales hogares de mis nuevos amigos. Alquilando sus domicilios habituales, conseguían unas pesetillas de reserva para cuando en el invierno, los malos tiempos les impidieran recoger los frutos de la mar.

     Los primeros recuerdos que tengo, con relación a la pesca deportiva, se unen a la imagen de mi padre pescando con su larga caña valenciana y así mismo recuerdo el característico olor a la masilla que utilizaba para pescar y que el mismo preparaba con sardinas saladas o anchoas y harina.
    A los 5 o 6 años me puso en las manos mi primera caña, de dos empalmes y de unos 3 metros de larga. Y empecé pronto a disfrutar junto a él, de la pesca de aquellas primeras piezas, raspallones o vidriadas, que primero hundían la bolla roja de corcho de mi caña y luego se debatían allá abajo con bruscos coletazos resistiéndose a subir. Por fin, el triunfo al tener entre las manos esas mis primeras capturas, y ver orgulloso la mirada satisfecha de mi padre, sintiéndome entonces más cerca y más amigo de él.
   Recuerdo despertares en los que espiaba desde la cama el ruido de las olas que morían a unos metros de la puerta de nuestra casa. Si se percibía sólo el rumor ligero del agua, señal de que había calma, saltaba rápido de la cama y cogía la caña y la masilla. Al poco estaba tentando a los pequeños raspallones y salpas de un hoyo un poco profundo junto a las rocas de la orilla.


    Recuerdo personajes, entrañables para mí, como el “tío Carral”( foto de arriba), con su cara tostada por el sol llena de arrugas, su cuerpo encorvado por el peso de los años y de tantas jornadas en la mar, su hablar con acento valenciano que yo encontraba tan extraño... pero sobre todo recuerdo el cariño que me demostraba y su paciencia en enseñarnos a sus nietos Pepe y Juan y a mí, los trucos de la pesquera.
    Más tarde conocí a otros expertos pescadores locales de aquella época como “el cancaneo” o “el bailarín”( llamado ironicamente así a aquel excelente pescador que andaba con muletas). Dada la habilidad de estos en la pesca con caña o fluxas y la riqueza piscícola de la bahía, esta actividad les permitía vivir modestamente, ayudándose con los ingresos que obtenían con el alquiler de sus pequeñas embarcaciones, botes a remo o jarbetas.
    Un gran pescador deportivo torrevejense fue Jesús Villena“el Torres,” bromista y socarrón como el sólo, con un gran corazón en su también grande humanidad, pero sobre todo, fino en este arte de la pesca.
    Recuerdo algunas pesqueras que hice con Jesús cuando yo tenía 16 o 17 años, que comenzaban a las 3 de la madrugada de noches oscuras y tibias del verano, en las que eludiendo la vigilancia de los guardias del puerto, “hacíamos gamba” con el gánguil. Era este una pequeña red de arrastre con su boca formada por una media circunferencia de hierro que se arrastraba por el fondo de los algares. Conseguíamos así medio capazo de pequeñas gambas rojas que abundaban en las praderas de Posidonias y “lechuguino”de la bahía. Después, en los días buenos, montábamos dos pares de remos en su jarbeta y bogando íbamos a pescar en las piedras del lastre, a una milla del embarcadero, donde se conseguían fácilmente un par de capazos de mabres, pajeles, raspallones y vidriadas.
Pero la pesca deportiva de aquellos años se realizaba más desde las playas y calas y desde el muelle pesquero y sobre todo desde la escollera del puerto, roto pocos años después de su construcción por violentos temporales de levante.
Como consecuencia del insuficiente refuerzo de su basamento inicial, el agua del mar abierto se filtraba por debajo del puerto. En la parte interior de la escollera, y especialmente en su primer tramo, se formó un talud a causa de las corrientes y de los aportes continuos de arena limpia suspendida en el agua. Pocos años después, la arena depositada especialmente durante los temporales de levante, generó una pequeña playa en la que las traíñas desenmallaban sus redes limpiándolas de las pequeñas sardinas prendidas en las mismas. Por todo esto, se originó un lugar de pesca formidable muy rico en llobarros, mabres, doradas, choas, etc. que hacían las delicias de los pescadores deportivos.


Desenmallando junto al talud

    En la línea de este limpio talud, sea desde botes fondeados cerca del mismo, o metidos en el agua hasta la rodilla o desde pequeños montones de piedra colocados cerca del corte, no era raro hacer pesqueras de ensueño.Alli nos reuníamos pescadores forasteros, como Bellod con su jarveta, acompañado de "el Torres", Flores, Muñoz, Roberto Balaguer, con otros locales, como los citados "Bailarín" o "Cancaneo".
    En la foto de Senén aparece mi padre sentado en uno de estos puestos y el autor, con sus 6 años de edad preparando su caña en la orilla de la playa. Recuerdo pesqueras de 18 o 20 llobarros de incluso 3 o 4 kilos que varábamos cuidadosamente en la arena para no forzar nuestras frágiles camadas.
    Utilizábamos las llamadas cañas valencianas (simples cañas rectas de los cañaverales de la vega del Segura) perforadas en su interior para hacer pasar la línea de pesca que era de hilo trenzado.

     Los carretes, si es que llevábamos, eran de madera y solo servían para contener la línea y ”filar” cuando el pescado era muy grande. La recogida de la línea se hacía a mano desde el orificio próximo al carrete, con el consiguiente riesgo de liarse la línea. Al principio de los años 40, las camadas se hacían empalmando trozos de unos 30 cm. de sedal transparente, obtenido directamente de los gusanos de seda mediante su estiramiento, previo un tratamiento especial. Su resistencia era lógicamente escasa, y las roturas de aparejos, frecuentes.


    Se pescaba también con fluxas hechas con lienzas finas de cáñamo que se tintaban con la brea de las redes para hacerlas más duraderas. Los terminales eran de "tripa” gorda - como se llamaba entonces- o camadas de alambre para choas o piezas grandes. Un experto en estas pesqueras fue Ramón Blanco del que más adelante hablaré.
    Las líneas de nylon  aparecieron entre nosotros a finales de los 40, y los carretes de tambor fijo, llamados entonces “de lanzar”, no se empezaron a generalizar en Torrevieja mas que a partir de 1.952


Palometón de 28 kilos conseguido por Genovés en la bahía usando una de las primeras cañas "de lanzar"

.     Los primeros que nos llegaron eran nacionales, dada la dificultad de importación de aquellos años. Las marcas de aquellos primitivos carretes me las recordaba hace poco Manolo Guardiola, eran los Ytxaspe y Sagarra. Recuerdo, por cierto, la reticencia de los pescadores veteranos en aceptar ese tipo de carretes al venir de la mano, de ordinario, de pescadores novatos de las grandes ciudades; pero poco a poco se fueron imponiendo gracias a las grandes ventajas que aportaban sobre los tradicionales carretes de madera. Al principio se montaban sobre cañas de bambú. Con ellas se consiguieron piezas importantes, tal como la que muestra Ramón Genovés, uno de los pioneros en el uso de este tipo de cañas para la captura de grandes peces, ya que antes solo se pescaban, como he dicho, con “ fluchas”. La utilización de la fibra de vidrio para la fabricación de cañas, ocurrió unos pocos años después de la aparición de aquellos primitivos carretes “de lanzar".
    Nos surtíamos de pertrechos de pesca en dos únicas tiendas dedicadas a ello. Una era la de Godofredo, que era mas bien un pequeño “colmado” en el que se vendían las mas dispares cosas: botijos, sombrillas, cañas de pescar, escobas etc. etc. Había otra de mas prestigio, y que perduró hasta hace bien poco, que fue la ya citada de Manolo Guardiola, que estaba junto a la peluquería de su padre, que además de vendernos sus cañas, anzuelos, masillas especiales etc. nos brindaba sus consejos y su experiencia en la pesca.
    Los cebos que utilizábamos entonces, eran como ahora: la sardina, la alacha y también la masilla . También pescábamos con pequeñas gambas cogidas en los huecos de las rocas o arrastrando de noche el “gánguil” por los fondos ricos en vegetación de la bahía. Los más hábiles y pacientes cogían el “cuco” pequeña lombriz presente entonces en todas las límpias y no contaminadas arenas de las playas torrevejenses. Aún no se conocía en Torrevieja la variedad tan grande de gusanas de mar que se ofrecen hoy (titas, de veta ,”coreanas etc”) También pescábamos con pequeños raspallones vivos con los que se conseguían de vez en cuando déntoles tremendos que frecuentaban los algares y fondos de lechuguino de las transparentes aguas de la bahía.

    Pescadores inolvidables de aquellos años
    Personajes muy conocidos en el mundo de la pesca deportiva de antaño pueden ser entre muchos, los asiduos pescadores de caña como Enrique “el Botas” o Dª Lola Montero viuda del tenor Genovés, estos últimos, padres de un entrañable amigo y gran pescador, Ramón Genovés.
    A Enrique Cánovas “el Botas” lo conocí allá por los años 40. Era un sombrerero de Torrevieja apreciado por todos y con un gran sentido del humor. Era un gran aficionado a la pesca con caña y se le veía a menudo en las tardes de verano pescando en el antiguo muelle Mínguez o del “Turbio”.
    Hay muchas anécdotas sobre él, pero voy a contar dos presenciadas por mí y otra que me contó hace poco un buen amigo suyo,”el cheta”
    Dado su carácter y su chispeante humor, reunía siempre a su alrededor muchos “mirones” del pueblo y forasteros en vacaciones. Recuerdo su respuesta, un día, a uno de estos "mirones" que le preguntó: -¿ Pican, maestro?- El se volvió y con su mirada socarrona le contestó: -¡ A mi no, pero a éste (refiriéndose a un pequeño desarrapado que se rascaba la cabeza) se lo comen vivo!-
    Una broma que repetía a menudo con los forasteros no avisados, era aquella que gastaba cuando algún incauto le preguntaba que qué pescaba. El sin inmutarse contestaba que “pesigués”, (un cangrejo de aguas mas profundas, el cangrejo real, que no existía ni por asomo en la bahía. Ver bajo).

    El caso es que con su aparente seriedad y en combinación con gente del pueblo que enseguida “le seguía la corriente”, hacían ver al incauto de turno, a través de la transparente agua de la bahía, muchos “pesigués” en el fondo del agua.
    Un amigo suyo,” el cheta”, viejo pescador de atunes, me contaba hace poco en el muelle otra broma de Enrique. Como casi siempre, el blanco fue un incauto forastero.
Aquel día Enrique la tenía bien preparada. Estaba pescando en el muelle rodeado de su grupo incondicional de mirones. La tarde se le estaba dando bien y uno tras otro estaba cogiendo decenas de raspallones. A esto un madrileño le dice muy fino: !Oiga por favor, señor, ¿puede decirme como hace esa masilla con la que pesca o dónde la compra?
    Enrique se vuelve muy serio y le explica -!Esto no es masilla, es "culibrín" y no la hago yo! !A mi me la mandan directamente de Dinamarca!
- Hijo, le dice a su chaval que estaba sentado a su lado, dame la carta que me ha llegado hoy del extranjero -.
    Con ella en la mano se la muestra al forastero. En el sobre ponía:
       Enrique Canovo. Piscattore deia canna. Muelle pesquiero.Torrevieja. Spain
    Enrique todo servicial añade: - Aquí en Torrevieja, la casa que fabrica el “culibrín”, tiene una sucursal.     Le puedo dar la dirección si quiere- El otro asiente encantado.
    Enrique le explica entonces: - Mire, tome aquella calle hacia arriba, y ya casi a la salida del pueblo, pregunte por el campo de fútbol. No tiene pérdida. Enfrente mismo verá una casa con fachada azul. Pregunte allí.
    El forastero se va hacia allá. La casa de la fachada azul está cerrada. Llama y al poco sale una mujer de alguna edad muy pintarrajeada. -!Pasa, pasa! -le dice.
    Aquel a continuación le indica- Vengo por lo del "culibrín". Aquella se le queda mirando un poco y luego sonriendo con aire de complicidad le dice -!Ah sí, el culibrín! Espera un momento -.
    Al poco viene con una buena moza en ropa interior que con desparpajo le echa los brazos al cuello al asombrado madrileño y restregádose con él le dice:
-!Con que tu lo que quieres, chato, es "culibrín"....!
    En ese momento nuestro hombre, que ya estaba algo "mosca", se da cuenta de donde está. Su cara enrojece hasta las orejas de vergüenza y "cabreo" y se larga de allí dando un portazo.
Se dirige furioso al muelle, pero claro Enrique no está ya allí y nadie le da la explicación de quién es el " pescador gracioso e hijo de p..." que estaba allí hacía un rato.
    Días después Enrique le contaba a su amigo “el cheta”: !He tenido que estar lo menos 5 o 6 días pescando en la pila de mi casa...¡ !Cualquiera se arrima al muelle después de aquello..!

    D.ª Lola Montero era dueña de una casa prominente en la parte alta de Torrevieja ( Torre-Montero), que por cierto, junto con la chimenea de la cerámica nos sirvió durante años para tomar las “señas”. Pues bien, Dª. Lola era otra de las pescadoras asiduas del muelle Mínguez.. La estoy viendo sentada en su pequeña silla de anea, con su falda hasta el suelo y su gran sombrero de paja, pescando hábilmente montones de raspallones que introducía en la cesta de mimbre colocada a su lado.

    Y ahora quiero referirme al que fue amigo y compañero de tantas pesqueras de mi infancia e indudablemente mi maestro y el de mi hermano en este apasionante deporte. Me refiero a mi padre, Andrés Javaloy Lizón gran persona, sencillo y afable y que amó también este pueblo y a sus gentes, hasta su muerte. Fue un apasionado de la pesca y el que introdujo en mí la ilusión por este deporte.


Andrés Javaloy enseñando a pescar a unos de sus nietos, M.Monzón

 Era oculista, y antes de ir a pasar consulta, durante los 3 o 4 meses que pasábamos en Torrevieja, casi todos los días, a las 5 o 6 de la mañana, se le podía ver en el muelle o en el talud, al comienzo del puerto, tentando al llobarro ( su pieza favorita). No era raro verlo aparecer por casa, una hora después, con una preciosa lubina. Entonces dejaba la caña en el patio se aseaba y rápidamente se iba a coger el autobús, de la empresa Samper, que salía a las 7 de la mañana y que lo dejaría en Orihuela, cerca de su consulta de la Seguridad Social.
    El trayecto Torrevieja- Orihuela- unos 30 km de distancia- se hacía en una hora larga, durante la cual, los sufridos viajeros de entonces eran traqueteados y sacudidos concienzudamente a bordo de aquellos “cacharros” de la postguerra, atestados de gente, por una carretera sin asfaltar y llena de baches. Para mas “solaz” del público, el autobús tenía que pasar, en su único viaje diario, por S. Miguel de Salinas y también por los Montesinos, y parar, cuantas veces fueran precisas, para cargar gente y otros compañeros de viaje, como pollos conejos etc. eso sí, muy bien empaquetados entre el público de dentro del autobús o entre las 7 u 8 apretujadas personas que iban encaramadas en la “baca” de aquellos trastos infernales.


Había un compañero de mi padre, D. Amancio Meseguer, con gracejo y un gran sentido del humor, pese a su aparente seriedad. El y D. Guillermo Bellod, con no menos dosis de socarronería y humor, compusieron durante los interminables trayectos Torrevieja - Orihuela unos “ripios” dedicados a estos “confortables” viajes diarios. Recuerdo algunas estrofas como las que siguen:
La escena transcurre en el interior del autobús.

  ¿ Qué cosa es veranear?
no dormir ni descansar.
Al menos podrás gozar
cuando tengas que viajar.
En Montesinos suben cuarenta
y ya va uno, que revienta.
¡Meta usted el culo “pa”dentro
Que se complete el asiento!
¡Saque usted el culo “pa” fuera!
te gritan como una fiera.

     Todo funcionaba “así de bien”.... si podían retornar a Torrevieja en el autobús de vuelta, a la una de la tarde. Si por su trabajo no llegaban a tiempo para tomarlo, en boca de uno de ellos, y remedando la célebre partida de 7 y media de “La venganza de D. Mendo” decía ...
...pero ¡ay de ti si te pasas!
¡si te pasas, es peor!
    Porque tampoco ofrecía mejores perspectivas aquellos años, la “oferta” de la Renfe, para los que tenían que trabajar por las tardes en Orihuela. No había entonces autobús de tarde como ya he dicho, y los coches particulares (de importación todos, claro), eran escasísimos. Nos llegaban además 10 o 20 años después de su fabricación, por lo que esos cortos viajes por la citada carretera, para los afortunados poseedores de “coches de importación”, era poco menos que una aventura. De ahí que el sufrido padre de familia retornaba a su lugar de “veraneo”, a bordo de un desvencijado tren. Este era el célebre- por sus retrasos- "granadino". Con un poco de suerte, y saliendo de Orihuela a las 10 de la noche, previo transbordo en Albatera, se dirigía por fin el veraneante a Torrevieja, “el pueblo de sus sueños” (efectivamente, solo iba a dormir), donde llegaba a su apartada estación a eso de las doce de la noche. Si el granadino venía con el retraso acostumbrado, entre la una y las dos de la madrugada sería la hora de llegada a Torrevieja.


La estacion y tartanas en su puerta

    Allí, el sufrido veraneante cogía una tartana que lo dejaba al fin en su casa, de ordinario en la zona de “ las punticas”,( situada mas o menos entre el Paseo de las rocas y la playa de los Locos). Quizás entonces su mujer (si estaba aún despierta), le contaba lo bien que lo habían pasado los críos en la playa, (era un consuelo) y el formidable arroz y mariscos fresquísimos que habían comido al mediodía, acordándose él ( y ya no era tanto consuelo), del triste par de huevos fritos que le habían hecho en el bar de la esquina en Orihuela.
     Bueno pues, a pesar de todo, muchos prolongábamos la estancia aquí desde primeros de Junio a finales de Septiembre, entre otras cosas por la afición al mar y a la pesca de nuestros padres, que al fin, en su mes de vacaciones, gozaban plenamente de su pasión favorita.
     En los años 40 había mucha gente joven aficionada a la pesca con caña. Recuerdo mi peña de amigos : Perico y Pepe Medina, Manzanares, Abadía, Sánchez y otros, que nos reuníamos a menudo por las tardes en una amplia roca de la escollera ("la Isabela"), desde donde se hacía magníficas pesqueras de dobladas, sargos etc. Era uno de los grandes alicientes de Torrevieja para muchos de nosotros.
    En aquellos años, la bahía estaba abierta al no existir aún el Muelle de Poniente o de la Sal. La riqueza en vida marina, dentro del puerto era entonces extraordinaria, hasta tal punto que no era raro ver dentro de ella grupos de delfines atacando las manadas de pardetes o lisas. Era un placer además, ver saltar por encima de las tranquilas aguas de la bahía preciosos ejemplares de mújoles de un par de kilos
    Recuerdo incluso, que una tarde, estando pescando con un grupos de amigos en la punta de aquel puerto, entonces roto, vimos saltar a pocos metros de la misma, un enorme atún de mas de 100 kilos persiguiendo a un banco de despavoridos peces. Hablando de la abundancia de peces en la bahía me comentaba un viejo lobo de mar, Pepe Ruso, hijo del antiguo patrón del “ Faraón”, que dentro de la misma y pegadas al muelle, se veían ocasionalmente melvas, persiguiendo los cardúmenes de pequeños boquerones.
    Otro veterano pescador Juanitín, el “Macoco”, me contaba también, que cuando la necesidad apretaba, y no se podía salir fuera por mala mar, en noches sin luna, para no ser vistos por los guardias del puerto, calaban sus trasmalles o sus boliches cerca de la escollera, consiguiendo a veces 7 u 8 cajas de doradas, sargos, lubinas etc.

       INDICE Evolucion de la pesca deportiva

      Pesca en los Años 50