LA EMOCIONANTE HURTA. RELATO DE PESCA
A mi amigo Pepe Rodríguez, gran pescador. In memoriam


Hurta juvenil
    

     Con frecuencia la mar nos depara sorpresas agradables y emociones difíciles de olvidar. Así les sucedió aquel día, a finales de diciembre, a estos veteranos pescadores del Club Náutico de Torrevieja, Víctor, Pepe el mecánico y J. María.

    Esa mañana iban a buscar pageles y doradas. Llevaban como cebo pequeñas gambas congeladas y cangrejos ermitaños que guardaban en un vivero junto al amarre de la “Fini” una Marex de 5 metros. Con este pequeño barco, se habían hecho grandes conocedores de los roquedales submarinos próximos a la costa. Al que se dirigieron ese día, distaba del puerto solo 4 millas. Era una zona rica en gorgonias, abrupta, con oquedades y relejas, en la que menudeaban los enganches, pero donde habían conseguido otras veces peces realmente grandes.

La atmósfera estaba transparente gracias a una fría brisa del N.O. y las lejanas montañas se recortaban nítidas en el horizonte. Así pues, las “señas” o enfilaciones estaban muy claras, por lo que se fondearon con precisión, aun con la falta de GPS   

     

   Aparejos y cebo Calaron cañas con aparejos de volantín. Sus carretes llevaban líneas del 0,50, camadas o terminales del 0,35 y 3 anzuelos del 1 y el 2 y plomos adecuados a la profundidad y corriente marina. Víctor, además, caló una caña fina cuyo carrete llevaba más de 300 m. de nylon del 0,40 y camada del mismo grosor con un solo anzuelo Mustad del nº 2. En él encarnó un robusto ermitaño, cebo ideal para los grandes pageles o doradas frecuentes en esa época en nuestra costa. Le había quitado al ermitaño sus pinzas y patas para evitar que los pageles mordisquearan previamente aquellas con el riesgo de desprender el cebo del anzuelo . Así era más fácil que lo tragaran de una vez.     En el extremo de la línea, junto al emerillón, colocó un plomo corredizo. No había excesiva profundidad por lo que podría pescar a aparejo tendido. Graduó el carrete algo flojo de freno, para facilitar que el pescado no encontrara resistencia al comer y tragara fácilmente el cebo. Lanzó lejos para que no enredar las demás cañas y dejó ésta apoyada en la borda.
     La mañana transcurrió “sin pena ni gloria”. Clavaron un buen pagel, un cabracho de medio kilo y unas cuantas vidriadas. La mar se había quedado en calma y gracias a un sol radiante, el día estaba ya tibio y agradable. Por ello decidieron pescar hasta el atardecer.

    Emoción a bordo

     De pronto, un carretazo increíble hizo cantar desaforadamente la chicharra del mismo. Era el de la caña de Víctor que pescaba con aparejo tendido en el fondo. Para un pescador, ese ruido estridente le suena mejor que la más exquisita sinfonía de Beethoven, poniéndole su corazón más rápido que las revoluciones del tambor de su carrete. Víctor cogió la caña que en ese momento estaba a punto de irse al agua. Ajustó cuidadosamente el freno, ya que sospechaba que la línea del 0,40 no estaba muy fiable. Dió un tirón para clavar. Al sentirse prendido, el pescado hizo una larga salida en la que se llevó por lo menos 200 m. de línea. Pepe y José M. recogieron el resto de las cañas para evitar enredos. Víctor, a pesar de su experiencia, no se sentía muy seguro pues pensaba que debió cambiar la vieja línea del carrete. Tenía varios años y no era de la calidad de las líneas de pesca actuales. Por ello trasteó al bicho con precaución. Cobraba rápidamente cuando disminuía la tensión del sedal para evitar que se quede en banda, pero a continuación “aquello” le arrancó del carrete la línea recogida y mucha más. Hubo un momento en el que logró acercarlo ganando casi un centenar de metros, pero de nuevo el valiente animal corrió como una locomotora poniendo al pescador tembloroso de pura emoción. Poco a poco Víctor dominó sus nervios y trabajó con calma el pescado.

    !Debe ir muy bien clavado, de lo contrario se habría ido ya!, - dijo en voz alta.- Además, parece que el sedal resiste, -pensó él con alivio.

    Las bruscas salidas se repitieron una y otra vez alejándose de nuevo el pescado, hundiéndose la línea oblicuamente en la mar.

    Al cabo de 45 largos minutos Víctor comprobó que el animal que se debatía allá en la profundidad, en la lejana punta del aparejo, empezaba a dar señales de fatiga. Se lo imaginaba cansado, sacudiendo la cabeza a los lados, tratando de desprenderse de aquello que lo arrastraba incomprensiblemente hacia arriba. Poco a poco lo acercó. Hubo un momento en el que lo empezaron a ver, aun algo distante, pero ya en superficie. No sabían lo que era, pues el brillo del sol poniente reflejado en el agua les impedía identificarlo.

    !Es enorme, Víctor! !Trátalo con suavidad que es muy grande y la camada muy fina! - dice Pepe.

    Víctor recogía despacio. La caña se hizo un arco pero el pez enseñando su costado se rindió por fin. Cuando estuvo al alcance del salabre, con gran cuidado para no rozar el sedal, Pepe logró meterlo en la red.

La alegría estalló a bordo. !Es precioso! - dice José María-

    No sabían muy exactamente si era una sama o una hurta. El pequeño anzuelo del 2 venía ya casi abierto, pero aún estaba bien clavado en el grueso y duro labio del pez.

Recogieron todo y pusieron proa al puerto donde llegaron anocheciendo.

Sabiendo el interés que tenía yo por especies poco comunes tuvieron la gentileza de llamarme. Ya era de noche cuando pude hacerle unas fotos. Entonces me contaron con detalle su aventura. El pescado era efectivamente una hurta macho ( Sparus Caeruleosticus, que quiere decir pargo de piel moteada de azul) llamada impropiamente sama roquera. Pesó 11,5 kilos y medía 81 cm. Su edad calculada por los anillos de sus vértebras era entre 10 y 12 años.


Publicado en Pesca a bordo.

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