Pesca desde embarcación a remo. Años 50

Embarcadero en el sitio que ocupa actualmente el Club Náutico

    En aquellos años existían muy pocos barcos deportivos grandes dedicados a la pesca. Recuerdo “el Angelito”, bote a vela latina de la familia Lorca y que patroneaba a menudo el tío Carral. Fueron los primeros pescadores deportivos (que yo recuerde), que hacían curri a vela.
    También Manolo Guardiola, el expresidente del Club Náutico, Manolo Espinosa, y otros también lo hacían a bordo de embarcaciones profesionales cuando llegaba la temporada del atún.
    Lo que sí había era muchos botes a remo que alquilábamos en la playa que existía entre el Miramar y el bar La Marina, donde hoy está el Club Náutico y varaderos. Por una pequeña cantidad nos llevaban a los barcos fondeados a la gira dentro de la bahía, donde se hacía buenas pesqueras de doradas déntoles -con pescado vivo- y raspallones y vidriadas.
    Otras veces alquilábamos sus pequeñas embarcaciones para toda la mañana, a amigos como Eduardo Moreno, El bufa, el “ tío Antonio” etc.
    Fue entonces cuando empezamos a disfrutar de verdad de la riqueza en vida marina de la bahía y costa de Torrevieja y cuando conocimos el placer de la pesca al curri a remo, en busca de palometas, dobladas y llobarros. Fue mucho más adelante, a mediados de los años 60, cuando llegaron a Torrevieja los primeros motores fuera borda.
    Dentro de la bahía, concretamente en los algares que había entre lo que es muelle Príncipe de Asturias y el ensanche del muelle de la sal, era una zona riquísima en obladas donde al amanecer o en la caída de la tarde se cogían a montones. Llevábamos en popa dos varitas con un cascabel, en las que enganchábamos una línea del 0´30, de unos l5 metros de largo, con un anzuelo en el que amarrábamos una pequeña pluma de pollo. Según los entendidos ésta tenía que ser, por su blancura y suavidad, una pluma de debajo del ala de un pollo blanco. Era una gozada oír el campanillazo del cascabel, al tiempo que veíamos incurvarse hacia atrás la finas varitas, al recibir la picada de una doblada del tamaño de una alpargata.
    Jesús el Torres era uno de los expertos del pueblo y el que nos enseñó a fabricarnos nuestros primeros señuelos. Había otro especialista de esta pesca al curri a remo llamado Pepe Vera. No era raro verlo, a primeras horas de la mañana, curricanear dentro de la bahía. Pescaba el llobarro con pluma larga y fina con línea del 30, remando entre los chinchorros y cerca de la playa del acequión, donde a menudo conseguía preciosas lubinas.
    Al disponer de botes de alquiler a remo ampliamos nuestro campo de acción a la costa, desde cabo Roig a la playa de la Mata.
    Recuerdo preciosas mañana de mar en calma en las que curricaneábamos por los algares de la “barreta”, una pequeña barra costera poblada de posidonias, situada frente a lo Ferrís y Rocío del Mar. Se prolonga ésta, desde frente a Punta Prima hasta cerca de la punta del puerto. Para pasar por encima de la barreta, enfilábamos la casa de los carabineros de Punta Prima con la torre de cabo Roig, entrando y saliendo de los manchones de algas, que a través de un agua cristalina divisábamos en el fondo. La pesca de dobladas en esta zona estaba asegurada. El almuerzo lo hacíamos desembarcando en las playas, de una costa totalmente deshabitada, como las de la cala Capitán, cala Piteras o de D. Tomas, Playa de Lo Ferrís, etc. donde, con maderos que había tirado la mar a la orilla y algas secas, nos asábamos a la brasa grandes dobladas recién pescadas que nos sabían a gloria.
   Mi hermano Federico fue también un gran aficionado al curri a remo, saliendo con su peña de amigos muchas mañanas. Hace poco recordaba con él una anécdota que vale la pena referir porque tiene su gracia.
    Aquel día se habían reunido en la playa, junto al Miramar, 4 de ellos para salir a pescar al curri.     Alquilaron dos botes a Eduardo Moreno, y se distribuyeron Federico y Jaime Sánchez en uno, y Eduardo Ros (actualmente famoso catedrático de Cirugía) y otro amiguete, en la otra embarcación. Ese día decidieron jugarse la cerveza y las” tapas” del aperitivo. El que menos piezas pescase pagaría las cervezas y el que menos peso total consiguiera le tocaría pagar las “tapas”.
    Se dirigieron remando a curricanear los algares y roquedales comprendidos entre la punta del puerto y la playa de la Mata. Iban los dos botes casi en paralelo, vigilándose mutuamente por si uno u otro daba con algún buen banco de dobladas.
    Menudeaban los toques y en los dos barcos se estaban divirtiendo, pero Federico veía, que aunque seguramente llevaban poco mas o menos la misma cantidad de pescado, parecía que las dobladas que cogían en el otro bote eran casi siempre más gordas.
    Cuando desembarcaron en la playa del Cura y llegaron al “Caliche,” bar que estaba situado en la misma playa, pesaron el pescado para cumplir lo acordado. Comprobaron que desde el bote de Federico se habían pescado 24 piezas que pesaron 3 kilos setecientos. Eduardo y su compañero habían conseguido 23 dobladas con un peso total de 3 kilos y 400 gramos. Eduardo no hacía más que decir: ¡pero si no puede ser, coño...! ¡si las nuestras son mucho mas grandes!
     Una vez más volvieron a pesar el pescado y ante la evidencia, pagaron las cervezas y las tapas.
     Unos meses después, ya en Madrid donde estudiaban los cuatro, iban una tarde en el metro.
     Fede cuchichea algo en el oído de su compañero de aquel día de pesca, que empieza a reírse. Federico, dirigiéndose a los otros dos, dice muy serio: ¡ Os quiero confesar una cosa que desde hace tiempo no me deja dormir..! Aquellos, conociéndole le miran suspicaces y Federico comenta:
  ¿Os acordáis de aquel día en Torrevieja que salimos al curricán y que os dimos “un repaso” y os hicimos pagar la cerveza?-
   ¡Claro maricón....!-contestan los otros.-
   ¡Pues lo siento, pero dentro de la tripa de las dobladas, les habíamos metido por la boca, cerca de medio kilo de plomos alargados!
   Querían matarlo. Al tener que estar agarrados a la barra del traqueteante metro atestado de gente, impidió que se liaran. Todo terminó luego, en unas carcajadas y en unas cervezas en el bar más cercano.
    Otros pescadores de los años 50
    Al volver los ojos atrás, vienen a mi mente la imagen de veteranos y entrañables pescadores, alguno aún entre nosotros. Los más, se nos fueron, pero nos dejaron para siempre su grato recuerdo y la semilla de lo que hoy es una verdadera pasión por la mar y la pesca. Quiero evocar una escena de pesca de aquellos años, publicada en la revista del Club en 1998.
    

    El águila marina
                                                                                                                                                  A Fernando Gea. In memoriam.

    Federico Linares y Fernando Gea habían madrugado aquel día del mes de agosto de hace hoy tantos años. Habían alquilado un pequeño bote a remo a Eduardo Moreno, que junto con el Bufa, el “tío Antonio” y “el bailarín”, que alquilaba sus pequeños barcos a los pescadores aficionados. Las casetas de madera de aquellos se alineaban junto a la orilla del agua, desde el antiguo Miramar y caseta de los náufragos hasta cerca del bar La Marina, en lo que hoy es el Club Náutico y varadero.     Frente a ellas, había unos pequeños embarcaderos de madera donde amarraban los botes.
    A golpe de remo, turnándose, mientras bromeaban y contaban sus aventuras de pesca de otros días, Fernando y Federico llegaron por fin cerca de la punta del puerto. El sitio elegido aquel día estaba a unos pocos metros de las piedras de la escollera, justo enfrente del tercer noray.
    Echaron sus pedrales por proa y popa para fondear el pequeño bote y calaron sus cañas y “fluchas” con alachas muy frescas. La mañana transcurría plácidamente.
    Unas huidas de pescado encima del agua les hizo ponerse alerta. !Eran las choas!. Unos días antes los habían desarmado varías veces y solo habían conseguido una preciosa choa de un par de kilos.
    En este instante, la caña de Federico se curva y su puntera se mete en el agua. El carrete chirría y la línea del 60 empieza a salir, primero despacio y luego con gran rapidez. Fede coge la caña firmemente y da un tirón para clavar. !Debe ser una choa!-asegura. Pero la línea sigue saliendo y él nota un gran peso hacia la profundidad.
     Los 150 metros de nylon del carrete, a los que hay unido un aparejo con un cable de acero, poco a poco se agotan por lo que Fernando, rápidamente, echa a bordo los dos pedrales del fondeo para liberar el bote. Federico, colocado ahora en la proa, sujeta la caña con fuerza. Fernando rema hacia adelante para que Fede pueda recoger algo de línea. La punta del puerto se va quedando atrás. Ha podido recoger algo de sedal, pero en una brusca arrancada el bicho le ha sacado de nuevo todo el carrete, por lo que Fernando ha tenido que seguir remando.
     La lucha dura ya una hora larga y el bote se encuentra ahora cerca de Lo Ferrís. No pueden ni imaginar de que se trata. Piensan si será un rech como los que coge de vez en cuando Ramón Blanco.
     El bicho parece algo cansado pues tira ahora menos rápido; incluso llega un momento que se para, aprovechando Federico para cobrar línea ayudado por Fernando que rema hacia el pescado. Llegan ahora a ponerse encima de él. Habrá allí 8 o 9 metros de fondo.
     El agua está cristalina y la mar sigue en calma. Allá abajo ven una mancha blanquecina que no identifican. Le es imposible levantarla y acercarla al bote, que parece ahora estar fondeado. De pronto, se pone en marcha otra vez, ahora hacia Torrevieja. Hora y media después están sobrepasando la bocana y el increíble animal sigue tirando del pequeño bote. Cerca de la playa del Cura es cuando definitivamente lo vencen.
    Tienen ahora 5 o 6 metros de agua bajo la quilla y poco a poco lo identifican. !Es un chucho! También se le llama águila marina . No llevan gancho, por lo que improvisan uno con el palo del salabre y unos grandes anzuelos amarrados a él.
Tirando con fuerza Federico lo acerca y Fernando le clava el bichero en una de sus enormes alas. El animal se revuelve y empieza a girar enredándose con la línea. Por fin, aunando sus esfuerzos lo izan a bordo. Están agotados. Aun tienen que remar hasta el embarcadero pero lo hacen gozosos. Han disfrutado al lograr aquella pieza excepcional que tantas emociones le ha proporcionado. Posteriormente comprobaron que pesaba 17 kilos.


    En los años 50 se destacan otros muchos pescadores deportivos. Así tenemos a José Riera que en el 57 capturó un precioso rech o corvina de 21 kilos, Ramón Genovés, Ramón Blanco, Guillermo Bellod y otros pescadores locales a los que no llegué a conocer. Es el caso de Francisco Pérez Pareja, pescador torrevejense que en 1955 capturó lo que probablemente es un récord en su especie: un rech o corvina que pesó nada menos que 42 kg. y midió cerca de dos metros.
El último rech del que tengo noticias, fue capturado por Laureano Saura de Orihuela, pescando desde la escollera con una de las primeras cañas reforzadas de fibra, en Junio del año 1976. Pesó 34,500 Kg.


José Riera con un rech de 21 kg

Perez Pareja con otro de 42. Un verdadero record.

     Ramón Blanco.

     Lo recuerdo como un pescador legendario…inalcanzable en sus hazañas pesqueras. Era más bien un solitario al que a menudo veíamos fondeado muy cerca de la bocana del puerto, frente al segundo noray, allá por los años 50. A veces le acompañaba otro pescador local al que llamaban Cristo.
    Ramón era un hombre mas bien serio de carácter. Había sido cazador antes de dedicarse a la pesca. Su terreno de caza eran las lomas que hay alrededor de la torre del Moro. Dicha zona de monte bajo, ahora atestada de chalets y urbanizaciones, hace unos 50 o 60 años estaba totalmente deshabitada, y en los matorrales que la poblaban, criaba la perdiz, la liebre y el conejo.
    Cuando iba a pescar, alquilaba un bote en la pequeña playa, muy cerca del Miramar, a un buen pescador de aquella época al que le faltaba una pierna, y al que, con una jocosa ironía popular, un tanto despiadada, se le conocía como “el bailarín.”
    Ramón pescaba con” flucha”, aparejo formado por un fino cordel de cáñamo y camada que primitivamente era de la llamada “tripa”, obtenida por el estiramiento del cuerpo y los órganos sericígenos de gusanos de seda previamente tratados. La línea de nylon apareció entre nosotros como hemos dicho a finales de los años 40.
    Consultando el magnífico álbum fotográfico de Manolo Guardiola, me quedé sorprendido al comprobar que desde el año l957 en el que Ramón pescó un formidable palometón de 25 kilos, hasta el 62 en el que capturó un enorme rech de 31, prácticamente todos los años cogía alguna pieza de mas de 25 kg. y todas dentro de nuestra entonces rica bahía. Cuando pescó este rech, Ramón tenía nada menos que 68 años. Era considerado en aquella época como "un fuera de serie”, siendo admirado por sus colegas de entonces. Fue padre y abuelo de otros grandes pescadores del Club Náutico de Torrevieja.

    El llamado rech o reig es la corvina, y según la nomenclatura científica, se trata del Argirosomus regius, que quiere decir cuerpo de plata regio.
    Antiguamente era frecuente ver corvinas en la antigua lonja del pescado pero, por desgracia, es una de las especies que ha desaparecido desde hace años de nuestro litoral. Las revistas de la especialidad refieren aún capturas frecuentes de la misma en aguas del estrecho.


        Ramón Genovés.

    Fue una gran persona y un gran pescador. Falleció en plena madurez por un accidente de tráfico. En sus últimos años se dedicó (junto con otro pescador, Roberto Balaguer), de una manera apasionada, tal como lo hicieran a la pesca deportiva, a otra clase de pesca. La que aquel Pescador del Mar de Galilea quería que ejercieran sus amigos hace casi 2000 años. “Yo os haré pescadores de hombres”.
    Fue director de una escuela de Cursillos de Cristiandad que tanto bien espiritual hizo por aquella época y por los que pasamos un montón de gente de Torrevieja y Orihuela.
Ramón, pese a tener grandes amigos pescadores, era de ordinario otro solitario pescador que capturó, tal como lo hicieron Ramón Blanco, Bellod, Riera etc., los más grandes trofeos deportivos de aquellos años. Manolo Guardiola y Antonio Pascual del Riquelme fueron a veces sus únicos compañeros de pesca.
    He seleccionado procedente también del archivo de Guardiola estas dos excepcionales pesqueras.

    Esta que cuento sucedió en el verano de l.958. Aquella mañana decidieron ir a pescar desde los roquedales de misma punta de Cabo Roig. Ya conocían el pesquero de otras veces y esperaban clavar algún déntol. Llevaban de cebo una cuantas sepias de 6 o 7 cm. Pescaban con un par de cañas de bambú, con carretes Luxor con una capacidad de 300 m. de línea del 45. Utilizaban también camadas del mismo grosor, con dos anzuelos, uno para sujetar por la punta la sepia y otro más grande clavado cerca de la cabeza. Por encima del quitavueltas pusieron un plomo corredizo no muy grande.
    “Hacía poco que había amanecido cuando lanzan sus aparejos hacia una poza de unos cuantos metros de profundidad, que había cerca de la de la orilla. A continuación encajan la caña entre las piedras y dejan libre la línea, poniendo un papel de fumar pegado al sedal, entre las dos últimas anillas de la caña. Era aun muy temprano cuando Tono, sentado unos metros detrás de la caña ve que el papelillo se desliza rápidamente y empieza a salir línea primero lentamente y luego con gran rapidez. Coge la caña, y deja aún que salgan 20 o 30 metros, entonces, gradúa el freno y da un tirón. Y desde ese momento empieza una larga lucha en la que se alternan los dos amigos en su combate con aquel pescado. La faena duró dos horas y media hasta que poco a poco lo vencen y van aproximando al canto de las rocas.
    Ya cerca, las grandes aletas de su cola cortan la superficie del mar viendo entonces su silueta alargada, por lo que uno de ellos dice ¡pero si es un tiburón...!. Tono aprieta un poco mas el freno, retrocede unos pasos con la caña hecha un arco y Genovés se mete en el agua y con ayuda de un gancho lo arrastra hasta las piedras. Están asombrados. Aunque sabían de su existencia, jamás habían cogido nada igual. Era lo que llaman aquí una reja, también llamado Guitarrón.
Un guardia del cuartel de Cabo Roig, (entonces con aspecto desolado y solitario), que había presenciado desde arriba la faena, les ayuda a subirlo por el acantilado y a meterlo dentro del coche. En la puerta de Guardiola se hicieron esa foto. La enorme “reja” pesó 17 kilos y medía casi dos metros, talla máxima conocida.”
    El Guitarrón es muy raro de ver en el Mediterráneo y actualmente debe haber desaparecido de nuestras aguas litorales. Es pariente cercano del pez guitarra o violín, del que se diferencia por su quilla rostral algo diferente, y por su mayor tamaño.

    La otra no menos espectacular captura con la que aparece Genovés es una enorme Mantellina (una variedad de gigantesca raya), llamada también Manta o raya mariposa, a la que cortaron su pequeña cola porque lleva como el chucho un aguijón venenoso. Esta raya pesó nada menos que 39 kilos y tenía mas de dos metros de ancho por uno de largo. Fue capturada pescando en las playas de Lo Ferrís, utilizando también de cebo una pequeña sepia. En aguas americanas dicen que la raya mariposa alcanza hasta los 4 metros de envergadura, pero según los biólogos, esta de Genovés debió ser una de las mayores mantellinas capturadas en el Mediterráneo por un pescador deportivo.
La otra raya-manta, o pez diablo, más conocida a través de reportajes televisivos, tiene una forma diferente. Existe también en el Mediterráneo pero es menor que la variedad atlántica o gran pez diablo

      Gillermo Bellod

    Era un médico oriolano muy famoso, especialista en dermatología. Fue además un gran apasionado de la pesca deportiva. Le acompañaban a pescar a menudo sus hijos José M.ª y Guillermo, actualmente profesor de Bellas Artes en Valencia y pintor de fama dentro y fuera de España.
    Don Guilermo era un hombre afable, con gran sentido del humor y muy habilidoso. Fue capaz de diseñar y fabricar, al lado de su propia consulta en Orihuela, una lancha a la que mas tarde dotaría de uno de los primeros motores fuera de borda que llegaron a Torrevieja.
    Aquel día del mes de Julio de l.956, había salido de pesca con su hijo Guillermo en su pequeña lancha. Se fondearon cerca de la punta del puerto. Utilizaban además de las cañas valencianas, las fluchas ya descritas, que enrollaban en grandes panetas de corcho.
    Calaron dos líneas con alachas encarnadas en grandes anzuelos empatillados con cable de acero, en busca de las choas que abundaban entonces en la bahía.
    "Un tirón brutal hace salir toda la lienza que tienen adujada en la cubierta de su pequeña embarcación, y aunque tratan de frenarla, no tienen más remedio que soltar la gran paneta para que no rompa el sedal intermedio. Al principio ésta empieza a girar vertiginosamente en el agua hasta agotarse la línea. Luego ven que se hunde en el mar para aflorar al poco tiempo.
    Guillermo y su hijo sueltan el bote del fondeo y empiezan a perseguir la paneta a la que no terminan de alcanzar.
     Llega un momento en el que están muy cerca y entonces Guillermo hijo, se tira al agua con un cuchillo de bucear en la cintura, alcanza la paneta y empieza a cobrar la lienza. Su padre logra coger entonces la paneta ayudándole a recoger línea.
      El chaval llega hasta el pescado, un enorme palometón, que está ya muy agotado. Se abraza a él y le clava el cuchillo en un costado que ayuda a dominarlo. Pese a ello, aquel gran palometón aun fue capaz de sumergirse un par de metros hundiendo con él a Guillermo que no lo suelta. Nada rápidamente hacia arriba y por fin con ayuda de su padre lo meten en el barco." Aquel precioso animal, pesó 23 kilos.

       Pepe el Bollero
    
Había un pescador torrevejense que dominaba como pocos del arte de la pesca de la lubina, cosa que por otra parte no es nada fácil, dado el recelo natural de este precioso animal. Se trata de Pepe “el bollero”.
    La técnica y utillaje de Pepe no podían ser más simples, pero tremendamente eficaces. Pescaba el llobarro preferentemente en las noches de primavera y verano. Utilizaba fluchas finas de nylon del 40 al 50, sin plomo, encarnando medias sardinas muy frescas o filetes de la misma, anguando muy a menudo con puñados de sardinas machacadas.
     Pescaba desde un bote en las proximidades del talud, cerca de la escollera pero su sitio favorito era el muelle pesquero. Una vez caladas sus fluchas, les ataba en la línea un trocito de plástico blanco y fino, para poder ver correr el sedal en la noche y que éste saliera sin ofrecer resistencia alguna. Cuando el llobarro se llevaba la sardina en la boca, el plástico saltaba al agua. Es entonces cuando “el bollero”, con un buen tirón, clavaba uno tras otro.

  A la izquierda de la foto, Pepe el bollero, que además de un experto pescador con fluxa lo era también del atún gigante con línea de mano.He aquí uno de los atunes que capturamos juntos


    Una mañana, mientras estábamos mar adentro esperando pacientemente la picada de un atún gigante, me contó lo siguiente:
    “Aquella noche, mientras estaba calando mis fluchas, no hacía mas que pensar en mi chaval. Por eso me encontraba triste y decaído. Dentro de unos días iba a hacer mi hijo la Primera Comunión, y yo estaba atravesando un mal momento económico. Con sacrificio le había comprado ya su traje de marinero, pero para ese día y pese a la ilusión del chico, no podría invitar a los 30 o 40 amiguitos y compañeros de clase tal como queríamos los dos.
    Con ilusión y esperanza había bajado al muelle por si un golpe de suerte me proporcionaba unos cuantos llobarros para venderlos directamente en algún restaurante.
    La noche era clara ya que luna estaba casi llena. Hacía frío pese a estar ya a finales de mayo. Me encontraba solo en el muelle. Unicamente el guardia del puerto de vez en cuando se acercaba para preguntarme: -¡ Bollero! ¿Pican?.-
    Hasta las dos de la mañana no se movió ningún trocico de plástico de las líneas. De pronto, uno de ellos se deslizó primero lentamente para volar materialmente en el aire a continuación. Cogí la línea y dejé que ésta resbalara unos metros entre mis dedos . Luego di un tirón muy medido para clavar. ¡     Debía ser enorme! - pensé.
    Poco a poco lo acerqué y tras varias salidas, frenadas con mucho tiento, dada la finura del aparejo, puse el pescado junto al muelle. Sujeté la línea con la mano izquierda y con la derecha metí en el salabre un “presioso” llobarro de más de 3 kilos.”
    A partir de ese momento, las carreras de Pepe fueron continuas tratando de agarrar rápidamente las líneas y sus marcas blancas de plástico, que volaban una tras otra por encima del muelle. El guardia del puerto estaba asombrado. Un montón de lubinas entre uno y 3 kilos fueron subidas al muelle en un par de horas. Pepe estaba radiante pues sabía que con los llobarros aun coleteando que llenaban ya un saco, conseguiría dar una alegría a su hijo en el día de su Primera Comunión.
    Y así fue. Aquel día, aparte de las alegrías y emociones propias del momento, hubo monas, dulces y chocolate para los amigos de su hijo e incluso para medio barrio.