EL MAR MENOR ENTRA EN PÉRDIDA. Por Jose Manuel.Medina

Como gran aficionado al mar, la pesca y la náutica en general, (y por su relación con ésta, también a la aeronáutica), no he podido resistir la tentación de mostrar mi opinión al respecto de la catástrofe ambiental del Mar Menor. Y creo que no podía enfocarlo de otra manera que por analogía con la aviación, teniendo en cuenta los recientes y tristes sucesos (dos accidentes y tres muertes), ocurridos los últimos meses en la aviación militar en la Base Aérea de San Javier, ubicada en el corazón de la cada vez más degradada e inestable laguna salada, y que por motivos ambientales o por sucesos trágicos lleva unos cuantos meses en el “candelero” de la prensa negra.

Se dice que un AVIÓN ENTRA EN PÉRDIDA cuando llega a un punto en su trayectoria de vuelo en que su velocidad es tan lenta que su fuerza de sustentación se torna menor que la fuerza de la gravedad, por lo que comienza a descender en picado y sin control, acabando por estrellarse en la mayoría de ocasiones. El concepto físico es bastante más complejo, pero como idea principal podríamos resumirlo de esa forma.

Algo así le ha pasado al Mar Menor, un pequeño “avión”, pero con muchos usuarios habituales (residentes, turistas, deportistas náuticos, pescadores, agricultores, etc). Desde hace un par de años en el “avión” se declaró la emergencia (episodio de “SOPA VERDE” de 2017), y los ”pilotos” (las Administraciones) comenzaron a buscar soluciones (o parches, mejor dicho). Pero muchas veces, no se suele ir al fondo del problema, y los “comandantes” de la "aeronave" acaban haciendo una mala gestión de los mandos, ejerciendo acciones erróneas u omitiendo protocolos de seguridad fundamentales, que a corto o medio plazo pueden acabar en el siniestro total de la aeronave. La reacción natural ante una alarma suele ser levantar el morro para ganar altitud, pero si esa acción no se realiza controlando otros parámetros (velocidad, ángulo de ataque, coeficiente de sustentación, reparto de pesos, etc) puede terminar por hacerlo entrar en pérdida hasta caer en picado y estrellarse contra el terreno.

De alguna forma, es lo mismo que está pasando con nuestra singular laguna. Las administraciones y organismos implicados se han apresurado a establecer medidas correctoras y reparaciones puntuales, pero los problemas técnicos latentes que pueden causar nuevos accidentes siguen estando ahí. Y fundamentalmente es un problema económico, porque eliminar o minimizar esas causas cuesta esfuerzo y dinero a la aerolínea (Administración) y los usuarios (contribuyentes). Pero en mi opinión, no se pueden correr riesgos en materia de seguridad en una aeronave, que aunque pequeña, tiene como usuarios a tantas personas y colectivos.

El episodio de la “sopa verde” o EUTROFIZACIÓN de 2017, tuvo consecuencias graves para la “aeronave”, pero podríamos decir que solo causó heridos leves, y que ésta pudo ser reparada para cumplir con las funciones a las que se destina. Aunque el “avión” aterrizó de emergencia sufriendo daños estructurales, de alguna forma pudo recuperarse a tiempo de la entrada en pérdida sin consecuencias irreversibles para ella y sus usuarios.

Pero ésta vez, la entrada en pérdida ha sido mucho más grave, y sí que hay víctimas mortales y muchos heridos y damnificados. Nos quieren “vender la moto” de que es la terrible y monstruosa DANA la que ha roto el equilibrio del sistema hasta provocar el fatal accidente. Pero no es la DANA en sí, porque el avión (el Mar Menor) está diseñado para volar entre tormentas de gran magnitud. Una aportación de agua dulce al volumen de agua salada de la laguna, por grande que sea puede disminuir su salinidad, pero no con las funestas consecuencias con las que nos encontramos actualmente (muerte masiva de peces por hipoxia, aguas pútridas, etc).

Es la acción conjunta de la mala planificación de la propia “aerolínea” y la gestión que han hecho los “pilotos” de los efectos de la DANA lo que ha llevado a la ruina del “avión” (vertidos de fertilizantes, vertidos de tanques de tormentas, canalizaciones de aguas subterráneas ilegales hasta la laguna, etc). En definitiva, un descontrol en materia hidráulica, hidrológica y medioambiental de tal magnitud, que los “pilotos” han sido incapaces de recuperar la entrada en pérdida del avión, que no había sido correctamente reforzado en cuestiones de seguridad, tras los graves eventos pretéritos.

A la espera del dictamen técnico de los “expertos comisionados en Investigación de Accidentes de Aviación Civil”, para depurar responsabilidades y dirimir las causas reales del suceso, no hay que ser un lince para aventurarse a decir, que no habrá un único culpable, ni una única causa. Y que, aunque suene a topicazo, la DANA no ha sido más que la gota (fría) que colma el vaso (en este caso la laguna). Esa gota que vertida sobre los obsoletos e intrincados sistemas del “avión”, han llevado a su “fuselaje” a precipitarse contra el suelo provocando una catástrofe ambiental sin precedentes. Esos sistemas son los que en el avión proporcionan un medio para el funcionamiento de los componentes vitales (tren de aterrizaje, flaps, superficies de control de vuelo, frenos, etc).

Y estaba claro que hacía mucho tiempo que debían revisarse, reformarse o incluso sustituirse, porque el “avión” amenazaba ruina, por mucho que los pilotos, oficiales, ingenieros de vuelo y sobrecargos (Administraciones centrales, autonómicas y sectoriales) se afanaran en evitar la catástrofe con medidas precarias, parciales e insuficientes. El símil anterior, por tonto que parezca, tiene un precedente real en la historia de la aviación, cuando el vuelo de un Boeing 727, en los años 70, acabó en desastre porque el piloto derramó un vaso de agua sobre el cuadro de mando de los sistemas eléctricos principales, cuando todavía no se habían normalizado protocolos respecto de la manipulación de líquidos en cabina. Pero como en esta vida, casi todo es relativo, el líquido elemento de vida, usado convenientemente, salvó vidas en otro vuelo sobre la estepa siberiana, el 7-9-2010 (de Udarnik a Moscú), cuando los pilotos, una vez arruinados los sistemas eléctricos que controlan la estabilidad, lo guiaron hasta un aterrizaje exitoso basándose en la inclinación del agua dentro de un vaso medio lleno colocado en la cabina, que les daba la referencia de su inclinación transversal y longitudinal. Quizá el agua dulce, no es lo más conveniente para los sistemas eléctricos de un avión, como tampoco lo es para el Mar Menor, pero los recursos hídricos, si se saben gestionar, pueden resultar inocuos o incluso beneficiosos.

Gotas frías ha habido desde tiempo inmemorial, y vista la evolución de nuestro clima se prevee que sean en un futuro cada vez más dañinas y frecuentes. Por tanto, se hace necesaria una revisión a todos los niveles de este “avión” (y de otros muchos), porque éstos vuelan desde hace décadas en climas y condiciones meteorológicas muy adversas con bastante solvencia. Pero sus sistemas no están preparados para soportar las eventualidades y circunstancias actuales (infraestructuras agrarias sin control, pozos ilegales, aumentos de caudales de aguas negras derivados del “urbanismo salvaje”, falta de planificación hidrológica y agraria, etc).

Si el “avión” sale de ésta, y no se lleva a cabo esa profunda reforma, está abocado de nuevo al colapso, sin posibilidad de reparación y con una triste crónica negra tras de sí. Y lo peor de todo es que algunos pretenden hacernos creer que el accidente es en vuelo controlado sobre el terreno (desconociendo que existe un peligro real de estrellarse, sin pérdida previa de control), cuando es más que evidente que vuela desde hace tiempo con graves problemas estructurales y múltiples factores de riesgo que hacían presagiar la gran debacle…

A veces, se puede recuperar la “nave” de una entrada en pérdida, pero solo si los “pilotos” demuestran una gran pericia y un profundo análisis de la situación crítica para tomar las mejores decisiones al mando. No parece que sea el caso presente, porque en su caída libre el “avión” ha alcanzado una velocidad tál que está llegando al umbral de la recuperabilidad de la pérdida, y vuela ya a escasa altitud y no hay margen para ello. En cualquier caso, si se quiere evitar la catástrofe, el esfuerzo tendrá que ser enorme y por parte de todos los implicados. Y aunque el asunto “pinte fatal”, mientras hay vida hay esperanza…

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